El Palacio Julio: Un hotel con vocación de museo
Mas que un hotel, el Palacio Julio es un lugar con vocación de museo: Arte. Arte. Arte. Aquí hay arte hasta en el techo del ascensor. Por todas partes: de las paredes del gimnasio cuelgan cuadros alusivos al deporte, quizás para compensar el "sufrimiento" de quienes tratan esforzadamente de mantenerse en forma, lo cual, ya de por sí, es también un arte. Incluso el mueble que cobija una alarmante colección de pesas de todos los tamaños es una pieza singular.
A veces suenaun piano o se forma un espontáneo conjuntomusical cuando un huésped, que resulta ser un célebre artistanorteamericano, se acerca al estrado de los músicos y tomaprestado -se apodera más bien- del saxo más cercano y searranca por blues o por jazz, o comoquiera que pueda llamarsea la melodía que se eleva hasta lacúpula de cristalitos de colores, que parecen lanzartambién sus destellos al ritmo de la música, por encima de lalámpara de Oaxaca y de las cabezas del resto de loshuéspedes, que, asomados a la gran barandilla circulardel segundo piso, asisten a los ires y venires de los deabajo, mientras maître y camareros pululan entre las mesas aguantándosecomo pueden las ganas de dar,ellos también, disimulados golpecitos con el pie al tiempo que, conun impecable giro de muñeca, escancian un Burdeos o un Rioja sindejar escapar ni una gotita fuera de la copa en unencomiable alarde de profesionalidad.
O es un pase de modelos de algún afamado diseñador de alta costura, el que capta la atención de los presentes hacia otro arte, el de la moda, que, como el propio hotel, está siempre en constante evolución. porque ya es hora de contar que el edificio o, mejor, el conjunto de edificios, pues son dos los que conforman la propiedad, lleva más de tres siglos dejando pasar discretamente el tiempo, casi desapercibido frente a la iglesia de San Pedro. Santo que - ¿será casualidad? - custodia precisamente las llaves del tiempo. Un tiempo que ha ido dejando su rastro en la historia, en la leyenda y, sobre todo, en la sucesión de iglesias, palacios y conventos que configuran el centro histórico de Puebla en el que precisamente está ubicado el hotel. Así que bastacon abandonar -por "duro" que esto sea- las burbujas de su yacusial aire libre, situado en la terraza del edificio original,para asomarse al exterior y, con un poco de imaginación, debuena voluntad o de ambas cosas, ver sobrevolar en torno a la ciudada la cuadrilla de ángeles, que, según la tradición, auparon las campanasde la catedral hasta los 70 metros de sus torres y las pusierona repicar alegremente en un concierto sin duda celestial. Como celestialesson también los dulces de la calle de los ídem, situada asimismo enlas cercanías del hotel, un auténtico "camino de perdición" para golososy observantes de dietas varias, quienes, de confitería en confitería,acaban por caer irremisiblemente en la tentación atraídos por el suculentoolorcillo que sale del convento de Santa Clara.
Y es que el de la gastronomía es, sinduda, otro arte de inspiración divina. Cosa que sabían y saben de siemprelas monjas, en general, y Sor Andrea de la Asunción en particular, que en 1681 se inventó el chile poblano: justo después de comulgar. Y fueron también otras religiosas, esta vez las del convento de Santa Mónica, lasque henchidas de fervor patrio idearon en 1821 los chiles en "nogada", con los tres colores de la bandera nacional -aunque fuera con nueces de Castilla-para celebrar la independencia mejicana.
Religión y gastronomía son, pues,parte de la identidad poblana. El propio "Cristo de las Caídas", cuyatalla data del siglo XVII, pasó a llamarse de "las Maravillas" acuenta de la conversión del contenido de un "sospechoso" cesto decomida en inocente montón de maravillas, la flor típica de Puebla, una de cuyasvariedades, por cierto, también es comestible.
Y demilagro en milagro se llega al que se materializa a diario en el "Puebla mon amour", el restaurante del Palacio Julio, en el que las glorias de su cocina alcanzan categoría de ídem. Porque lo cierto es que en Puebla se ha ido creando un arte culinario propio que los cocineros del hotel interpretan -o a veces reinterpretan- con notable originalidad: Ya se trate de celebrar una importante Cena de Fin de Año, con la presencia de artistas de la talla del pintor Antonio Sedano, o los diseñadores Germán y Jacqueline Montalbo, o de acompañar con unas "Pasitas", el característico licor poblano, la presentación de algún libro o de cualquier otro acontecimiento literario, que no en vano Puebla lleva más de tres siglos siendo sede de la biblioteca "Palafoxiana", la primera biblioteca pública de Hispanoamérica emplazada, como casi todos los monumentos interesantes, a pocas calles del hotel. Biblioteca, que, entre incunables y libros raros, conserva el único ejemplar que existe de un impreso de 1690 en el que se declara a la Capilla del Rosario como la octava maravilla del mundo. Porque lo es: y lo es, porque esta capilla, que data del siglo XVII, está literalmente recubierta de láminas de oro; techo. paredes.... todo. Por si fuera poco, sus muros inferiores reflejan también el brillo multicolor de los azulejos de Talavera, la secular artesanía poblana que es, de hecho, otra expresión artística más -y ya van cuatro-, de las ya presentes en el Palacio Julio. Está en el emblema que campea en la fachada del hotel y en otros detalles de su decoración; delicados jarrones, piezas de loza y objetos de cualquier tipo, como los que se venden no lejos de allí, en el mercado del Parián. Palabra tagala que, por si alguien no lo sabe, significa simplemente eso: "mercado". (Google dixit).
Así que al "mercado delmercado" era a donde iban a parar las mercaderías llegadas a bordo del famoso Galeón de Manila, cuando Puebla era lugar de descanso, de tomar aliento entre los que iban o venían de o hacia la China. Y de allí vino también Mirra sor Caterina de San Juan o "china poblana", que por todos estos nombres respondía, la que fuera primera enlucir el vistoso vestido de lentejuelas y bordados, mitad arte mitad artesanía, que resume esa mexicanidad tan poblana, popular y refinada de cruce de culturas, que ha llevado a Puebla a ser declarada por la Unesco Patrimonio de la Humanidad. Nada menos: ¡Ahí queda eso!
Y ahí quedan también el guiñoirónico de las figuritas de la Casa de los Muñecos -siglo XVI-.Y el de los caricaturistas callejeros. Y las exposiciones de algúnpintor novel o consagrado, que de todo hay, que aportan otro granito de artemás -y ahora van cinco-, no solo a las salas "ad hoc" delhotel, sino a esa galería de arte en toda regla, que es el Palacio Julio: Un hotel con vocación de museo. Un "museo" vivo,abierto, donde es fácil cruzarse en un salón o en un pasillo conpersonalidades tan discretas como ilustres, que le guiñan a unoun ojo, o se llevan un cómplice dedo a los labios, acogidos a esahospitalidad tan poblana, tan consustancial al alma misma de la ciudad, que en el Palacio Julio es, desde luego, otro arte más: ¡Y ahora son seis!
De momento...
María Eugenia Ruiz de Azcárate Bremón
Traducción: Paxtonius
